miércoles, 18 de junio de 2025

007 Discernir en pareja - La materia del discernimiento. La desolación.

Oración inicial invocando al Espíritu Santo.

Lectura previa: 

Audiencia General del Papa Francisco del miércoles 26 de octubre de 2022. 7 de 14 sobre el discernimiento

Fuente: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20221026-udienza-generale.html


Síntesis de lectura

El discernimiento no es, ante todo, un proceso lógico; se trata de un ejercicio que involucra acciones, y estas acciones tienen una dimensión afectiva que debe ser reconocida, pues Dios habla al corazón. La primera expresión afectiva del discernimiento es la desolación. Esta se manifiesta como una oscuridad del alma, un alejamiento del Creador debido a la ausencia de amor, y a la presencia de sentimientos como la pereza, la tibieza y la tristeza. Todos hemos experimentado la desolación, pero el desafío radica en aprender a interpretarla. Si nos apresuramos a liberarnos de ella sin comprender su mensaje, corremos el riesgo de perder una enseñanza valiosa.

Nadie desea atravesar la desolación, pero evitarla por completo no solo es imposible, sino que tampoco sería beneficioso para nuestro crecimiento espiritual. Todo cambio en una vida que ha estado orientada al vicio comienza con una desolación que da paso al remordimiento por lo vivido. Es la conciencia que interpela, que nos inquieta y nos invita a iniciar un camino de transformación; es Dios tocando el corazón en su profundidad.

La tristeza debe ser leída como una señal de alerta indispensable para la vida, una invitación a explorar horizontes más ricos y fecundos. Santo Tomás de Aquino la define como el dolor del alma, análogo a los nervios en el cuerpo: despierta la atención frente a un posible peligro o nos advierte sobre un bien descuidado. Por ello, lejos de ser innecesaria, la tristeza cumple una función protectora, evitando que nos hagamos daño a nosotros mismos o a los demás. En ocasiones, actúa como el rojo de un semáforo, indicándonos que debemos detenernos y reflexionar.

Sin embargo, es fundamental distinguir entre la tristeza que nos paraliza y aquella que nos impulsa. Cuando la tristeza se convierte en un obstáculo que nos desanima en la búsqueda del bien, debemos afrontarla como si fuera la luz verde del semáforo, que nos llama a continuar con determinación. La senda hacia el bien es estrecha y empinada; requiere lucha, esfuerzo y la capacidad de vencerse a uno mismo. Por ello, quien desea servir al Señor no debe dejarse arrastrar ni abandonar su propósito por la desolación. San Ignacio nos da una regla clara: cuando estemos desolados, no es momento de tomar decisiones ni hacer cambios, pues será en otro instante cuando podremos juzgar con mayor claridad la bondad de nuestras elecciones.

Jesucristo, ante la tentación, responde con firmeza y determinación, cumpliendo en todo momento la voluntad del Padre. San Pablo nos recuerda que nadie es tentado más allá de sus fuerzas, porque el Señor jamás nos abandona. Con Él a nuestro lado, podemos vencer cualquier tentación. Y si no logramos vencerla hoy, nos levantamos nuevamente y la superaremos mañana.





Momentos de la conversación espiritual:

  1. Oración personal. Observando las luces e invitaciones más significativas de Dios ante lo leído.
  2. Escucha atenta: Compartir, de modo sencillo y profundo, escuchando atentamente al otro sin interrumpir con preguntas u opiniones, dejando que lo vivido por el otro ilumine lo advertido en nuestro interior. Al finalizar la intervención dejar un breve espacio de silencio para sentir y gustar lo expresado.
  3. Ecos. Compartir aquello que fue iluminado por el compartir del otro. Sin evaluar, ni hacer grandes reflexiones, solo expresar cómo aquello que compartió el otro colaboró con tener una mayor luz en las mociones personales o suscitó algún movimiento que me conduce a una mayor claridad.
  4. Comunión. Preguntarse por lo común de las llamadas particulares. ¿Hacia dónde nos conduce el Señor? ¿Qué invitaciones se repiten y pueden traducirse en acciones concretas? No se trata de llegar a consensos o acuerdos, la invitación es a responder adecuadamente y con generosidad a lo que el Espíritu Santo suscita.
Oración final.


006 Discernir en pareja - Los elementos del discernimiento. El libro de la propia vida.

Oración inicial invocando al Espíritu Santo.

Lectura previa: 

Audiencia General del Papa Francisco del miércoles 19 de octubre de 2022. 6 de 14 sobre el discernimiento

Fuentehttps://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20221019-udienza-generale.html

Síntesis de lectura

Nuestra vida es el “libro” más valioso que se nos ha entregado, aunque muchos, lamentablemente, no lo leen o lo hacen demasiado tarde. Sigamos el ejemplo de San Agustín, quien, al releer su historia y reconocer en ella los pasos silenciosos de la presencia de Dios, exclamó: “Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo”. Su invitación es clara: “Entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad”. 


Haz una pausa, sumérgete en tu historia, observa tu recorrido con serenidad y pregúntate: ¿Cómo ha sido mi camino? 


Leer nuestra propia vida también significa descubrir los pensamientos que nos alejan de nosotros mismos, aquellos que nos desaniman. Es crucial reconocer la presencia de esas frases pesimistas y tóxicas para ampliar la visión de nuestra historia, enriqueciéndola con una mirada más profunda, respetuosa de su complejidad, capaz de percibir las formas discretas con las que Dios actúa en nosotros. Leer bien nuestra vida implica contemplar tanto lo bueno como lo difícil.


El discernimiento adopta un enfoque narrativo: no se limita a una acción puntual, sino que la inserta en un contexto más amplio. ¿Este pensamiento es nuevo o ya ha estado antes? ¿De dónde viene y hacia dónde me conduce? 


Detenerse es reconocer. Es recoger aquellas perlas preciosas y escondidas que el Señor ha sembrado en nuestro interior. El bien suele estar oculto, se manifiesta con discreción y requiere un proceso de búsqueda paciente, como una excavación constante. El estilo de Dios es silencioso, no se impone; es como el aire que respiramos, invisible pero esencial para la vida.


Leer nuestra historia habitualmente educa nuestra mirada, la afina y nos permite notar los pequeños milagros que Dios realiza cada día. Cuando tomamos conciencia de ellos, nuestra paz interior y nuestra creatividad se fortalecen. Además, esta práctica nos libera de estereotipos dañinos. Quien no conoce su propio pasado está condenado a repetirlo. 


Pregúntate: ¿He compartido mi historia con alguien alguna vez? Piensa en los diálogos sinceros entre novios, cuando deciden abrirse el uno al otro y contar sus vidas con honestidad y profundidad.


El discernimiento es la lectura narrativa de nuestros momentos luminosos y oscuros, de los consuelos y de las desolaciones que experimentamos en el camino. En el ejercicio de discernir, el corazón nos habla de Dios, y nosotros debemos aprender a comprender su lenguaje. 


Por eso, examinemos nuestro interior cada día:¿Qué ha sucedido dentro de mí hoy? ¿He sentido alegría? ¿Qué me ha dado alegría? ¿He experimentado tristeza? ¿Qué ha provocado mi tristeza? 





Momentos de la conversación espiritual:

  1. Oración personal. Observando las luces e invitaciones más significativas de Dios ante lo leído.
  2. Escucha atenta: Compartir, de modo sencillo y profundo, escuchando atentamente al otro sin interrumpir con preguntas u opiniones, dejando que lo vivido por el otro ilumine lo advertido en nuestro interior. Al finalizar la intervención dejar un breve espacio de silencio para sentir y gustar lo expresado.
  3. Ecos. Compartir aquello que fue iluminado por el compartir del otro. Sin evaluar, ni hacer grandes reflexiones, solo expresar cómo aquello que compartió el otro colaboró con tener una mayor luz en las mociones personales o suscitó algún movimiento que me conduce a una mayor claridad.
  4. Comunión. Preguntarse por lo común de las llamadas particulares. ¿Hacia dónde nos conduce el Señor? ¿Qué invitaciones se repiten y pueden traducirse en acciones concretas? No se trata de llegar a consensos o acuerdos, la invitación es a responder adecuadamente y con generosidad a lo que el Espíritu Santo suscita.
Oración final.

sábado, 14 de junio de 2025

005 Discernir en pareja - Los elementos del discernimiento. El deseo.

Oración inicial invocando al Espíritu Santo.

Lectura previa: 

Audiencia General del Papa Francisco del miércoles 12 de octubre de 2022. 5 de 14 sobre el discernimiento

Fuente: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20221012-udienza-generale.html


Síntesis de lectura

El discernimiento es, en esencia, una búsqueda, y toda búsqueda nace de la ausencia de algo que, de algún modo, conocemos. El deseo es precisamente este conocimiento: una nostalgia de plenitud que nunca alcanza una satisfacción completa, un signo de la presencia de Dios en nosotros. La palabra *deseo* proviene del latín *de-sidus*, que significa “falta de estrella”; expresa la ausencia de un punto de referencia que guíe el camino de la vida. Esta carencia conlleva sufrimiento, pero también impulsa una tensión interior hacia el bien que anhelamos. Así, el deseo se convierte en nuestra brújula, indicándonos si avanzamos o si nos hemos quedado estancados.


Un deseo sincero toca las fibras más profundas de nuestro ser, por eso no desaparece ante las dificultades o los contratiempos. Es como la sed: cuando no encontramos agua, no renunciamos a la búsqueda, sino que ésta ocupa cada vez más nuestros pensamientos. Lejos de sofocar el deseo, los obstáculos y fracasos lo avivan aún más.


A diferencia de la emoción momentánea o el simple impulso, el deseo es un camino en el que el alma se esfuerza, establece límites, renuncia a placeres pasajeros y se plantea metas que la llevan a superar dificultades. El deseo nos fortalece, nos vuelve valientes y nos impulsa siempre hacia adelante.


Resulta significativo que, antes de obrar un milagro, Jesús a menudo pregunte a la persona por su deseo. *"¿Quieres curarte?"* —le pregunta al paralítico de la piscina de Betesda—. Su respuesta revela resistencias inesperadas al cambio, que no solo dependen de él. La pregunta de Jesús es una invitación a clarificar el corazón, a acoger un posible salto de calidad. En el diálogo con el Señor aprendemos a reconocer lo que realmente queremos en nuestra vida. Hay quienes desean avanzar pero, al mismo tiempo, permanecen atrapados en la queja. Es importante recordar que la queja es un veneno para el alma, porque no alimenta el deseo de seguir adelante.


Con frecuencia, es el deseo lo que marca la diferencia entre un proyecto exitoso, coherente y duradero, y los muchos sueños y buenos propósitos de aquellos que nunca actúan. Como dice el refrán: *"Con ellos está empedrado el infierno."* Debemos cuidar nuestro deseo, evitando que se atrofie en medio del bombardeo de distracciones, estímulos y ruidos que nos impiden reflexionar sobre lo que realmente queremos. Muchas personas sufren porque no saben qué hacer con su vida; nunca han explorado su deseo profundo, nunca se han preguntado: *"¿Qué quiero realmente?"*. 


El riesgo de vivir sin dirección es grande. Algunos cambios, aunque deseados en teoría, nunca se concretan porque falta el deseo fuerte que impulsa la acción. Si Jesús nos hiciera la misma pregunta que al ciego de Jericó: *"¿Qué quieres que te haga?"*, ¿qué responderíamos? Quizás podríamos pedirle que nos ayude a reconocer el deseo profundo que Él mismo ha sembrado en nuestro corazón: *"Danos el deseo, Señor, y hazlo crecer."* Porque también Él tiene un gran deseo respecto a nosotros: hacernos partícipes de su plenitud de vida.




Momentos de la conversación espiritual:

  1. Oración personal. Observando las luces e invitaciones más significativas de Dios ante lo leído.
  2. Escucha atenta: Compartir, de modo sencillo y profundo, escuchando atentamente al otro sin interrumpir con preguntas u opiniones, dejando que lo vivido por el otro ilumine lo advertido en nuestro interior. Al finalizar la intervención dejar un breve espacio de silencio para sentir y gustar lo expresado.
  3. Ecos. Compartir aquello que fue iluminado por el compartir del otro. Sin evaluar, ni hacer grandes reflexiones, solo expresar cómo aquello que compartió el otro colaboró con tener una mayor luz en las mociones personales o suscitó algún movimiento que me conduce a una mayor claridad.
  4. Comunión. Preguntarse por lo común de las llamadas particulares. ¿Hacia dónde nos conduce el Señor? ¿Qué invitaciones se repiten y pueden traducirse en acciones concretas? No se trata de llegar a consensos o acuerdos, la invitación es a responder adecuadamente y con generosidad a lo que el Espíritu Santo suscita.
Oración final.


viernes, 13 de junio de 2025

004 Discernir en pareja - Los elementos del discernimiento. Conocerse a sí mismo

Oración inicial invocando al Espíritu Santo.

Lectura previa: 

Audiencia General del Papa Francisco del miércoles 5 de octubre de 2022. 4 de 14 sobre el discernimiento

Fuente: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20221005-udienza-generale.html


Síntesis de lectura

Un buen discernimiento comienza con el conocimiento de uno mismo. Implica el ejercicio de nuestras facultades humanas: memoria, inteligencia, voluntad y afectos. A menudo, la dificultad para discernir surge de una falta de autoconocimiento, lo que nos impide comprender realmente qué queremos. En muchas ocasiones, las dudas espirituales y las crisis vocacionales nacen de un diálogo insuficiente entre nuestra vida religiosa y nuestra dimensión humana, cognitiva y afectiva. Todos, en algún momento, caemos en la tentación de enmascararnos, incluso ante nosotros mismos.


El olvido de la presencia de Dios en nuestra vida suele ir acompañado de un desconocimiento de nuestro propio ser. Conocerse implica un proceso paciente de introspección, un ejercicio de excavación interior. Requiere la capacidad de detenerse, sentir y humanizarse, para adquirir conciencia sobre nuestros hábitos, los sentimientos que nos habitan y los pensamientos recurrentes que nos condicionan. También exige diferenciar entre emociones y facultades espirituales: *"siento"* no es lo mismo que *"estoy convencido"*, *"tengo ganas"* no es lo mismo que *"quiero"*. Tomar conciencia de esta diferencia es una verdadera gracia.


La vida espiritual tiene claves de acceso, palabras que tocan el corazón y nos conectan con aquello que más nos afecta. El tentador conoce bien estas palabras y las usa para desviarnos. Por eso, es crucial que también nosotros las reconozcamos, evitando caer en caminos que nos alejen de nuestra verdadera esencia. La tentación no siempre propone cosas explícitamente malas, sino que muchas veces nos ofrece realidades desordenadas, revestidas de una importancia excesiva. Nos atrae con una belleza ilusoria que, al final, nos deja vacíos y tristes. Al conocer nuestras propias claves interiores, podemos protegernos de la manipulación y, al mismo tiempo, descubrir lo que realmente importa.


Por ello, es fundamental preguntarnos: *¿Soy libre o me dejo llevar por los sentimientos del momento y las provocaciones externas?* Una herramienta valiosa para este ejercicio es el examen cotidiano, preguntarnos con sinceridad: *¿Qué ha sucedido hoy en mi corazón? ¿Qué huellas han dejado los acontecimientos en mí?* Es un ejercicio de lectura interior que nos permite identificar lo que realmente valoramos, preguntándonos: *¿Qué busco? ¿Por qué lo busco? ¿Qué he encontrado al final? ¿Qué sacia mi corazón?*


Solo el Señor puede revelarnos nuestro verdadero valor. Nos lo muestra desde la cruz, confirmando cuán preciosos somos ante sus ojos. No existe obstáculo ni fracaso que pueda apartarnos de su abrazo misericordioso. El examen cotidiano nos permite ver nuestro corazón como un camino en la presencia de Dios. Nos ayuda a comprender el recorrido de nuestros sentimientos y afectos, convirtiéndose en una oración sencilla que transforma la vida, nos conduce al autoconocimiento y nos guía hacia una verdadera libertad.



Momentos de la conversación espiritual:

  1. Oración personal. Observando las luces e invitaciones más significativas de Dios ante lo leído.
  2. Escucha atenta: Compartir, de modo sencillo y profundo, escuchando atentamente al otro sin interrumpir con preguntas u opiniones, dejando que lo vivido por el otro ilumine lo advertido en nuestro interior. Al finalizar la intervención dejar un breve espacio de silencio para sentir y gustar lo expresado.
  3. Ecos. Compartir aquello que fue iluminado por el compartir del otro. Sin evaluar, ni hacer grandes reflexiones, solo expresar cómo aquello que compartió el otro colaboró con tener una mayor luz en las mociones personales o suscitó algún movimiento que me conduce a una mayor claridad.
  4. Comunión. Preguntarse por lo común de las llamadas particulares. ¿Hacia dónde nos conduce el Señor? ¿Qué invitaciones se repiten y pueden traducirse en acciones concretas? No se trata de llegar a consensos o acuerdos, la invitación es a responder adecuadamente y con generosidad a lo que el Espíritu Santo suscita.
Oración final.


lunes, 2 de junio de 2025

003 Discernir en pareja - Los elementos del discernimiento. La familiaridad con el Señor

Oración inicial invocando al Espíritu Santo.

Lectura previa: 

Audiencia General del Papa Francisco del miércoles 28 de septiembre de 2022. 3 de 14 sobre el discernimiento

Fuente: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20220928-udienza-generale.html


Síntesis de lectura

El primer elemento fundamental del discernimiento es la oración. Para discernir correctamente, es necesario situarnos en un ambiente de oración, un estado interior que nos disponga a escuchar a Dios. La oración es imprescindible, especialmente cuando involucra los afectos, permitiéndonos dirigirnos a Dios con sencillez y familiaridad. Es ir más allá de las palabras, entrar en intimidad con el Señor con espontaneidad afectuosa, lo que nos ayuda a reconocer lo que le agrada.

Orar es confiar en Dios, acercarnos a Él con apertura y afecto. En esta relación de confianza se disipan el miedo, la tentación de dudar de su Voluntad santa y cualquier inquietud del corazón. El discernimiento no busca una certeza absoluta, pues la vida misma no siempre es lógica ni se reduce a la razón; no somos máquinas. Los principales obstáculos y ayudas para decidirse por el Señor provienen del corazón, de los afectos.

Muchos creen que Jesús es el Hijo de Dios, pero dudan de su deseo de hacernos felices. Algunos temen que tomar en serio su propuesta signifique renunciar a sus sueños más profundos, mortificar sus deseos, perder demasiado. Hay quienes incluso dudan de su amor. Sin embargo, hemos visto que el signo del encuentro con el Señor es la alegría: cuando oramos y nos encontramos con Él, experimentamos gozo. En cambio, la tristeza y el miedo suelen ser señales de distancia con Dios.

Discernir lo que ocurre en nuestro interior no es fácil, porque las apariencias pueden engañar. No obstante, la cercanía con Dios disuelve suavemente dudas y temores, haciendo nuestra vida cada vez más receptiva a su luz amable. Estar en oración no se trata solo de decir palabras, sino de abrir el corazón a Jesús, acercarnos a Él y dejarle entrar en nuestra vida.

Pidamos la gracia de vivir una relación de amistad con el Señor, como un amigo habla al amigo. Esta es una gracia que debemos solicitar unos por otros: ver a Jesús como nuestro amigo más grande y fiel, aquel que nunca nos abandona, ni siquiera cuando nos alejamos de Él. Saludémosle con afecto y cercanía, con pocas palabras, con gestos de amor y buenas obras.





Momentos de la conversación espiritual:

  1. Oración personal. Observando las luces e invitaciones más significativas de Dios ante lo leído.
  2. Escucha atenta: Compartir, de modo sencillo y profundo, escuchando atentamente al otro sin interrumpir con preguntas u opiniones, dejando que lo vivido por el otro ilumine lo advertido en nuestro interior. Al finalizar la intervención dejar un breve espacio de silencio para sentir y gustar lo expresado.
  3. Ecos. Compartir aquello que fue iluminado por el compartir del otro. Sin evaluar, ni hacer grandes reflexiones, solo expresar cómo aquello que compartió el otro colaboró con tener una mayor luz en las mociones personales o suscitó algún movimiento que me conduce a una mayor claridad.
  4. Comunión. Preguntarse por lo común de las llamadas particulares. ¿Hacia dónde nos conduce el Señor? ¿Qué invitaciones se repiten y pueden traducirse en acciones concretas? No se trata de llegar a consensos o acuerdos, la invitación es a responder adecuadamente y con generosidad a lo que el Espíritu Santo suscita.
Oración final.


sábado, 31 de mayo de 2025

002 Discernir en pareja - Un ejemplo: Ignacio de Loyola

Oración inicial invocando al Espíritu Santo.

Lectura previa: 

Audiencia General del Papa Francisco del miércoles 07 de septiembre de 2022. 2 de 14 sobre el discernimiento

Fuente: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20220907-udienza-generale.html


Síntesis de lectura

Durante su convalecencia por una herida de batalla, Iñigo de Loyola, buscando aliviar el aburrimiento, pidió leer algo. Aunque deseaba libros de caballería, solo encontró vidas de santos. En ese encuentro inesperado, comenzó a notar un profundo movimiento en su corazón respecto al tiempo: los pensamientos mundanos, aunque inicialmente atractivos, solo dejaban vacío y descontento. En cambio, los pensamientos de Dios, que al principio podían generar resistencia, cuando eran acogidos traían una paz duradera.

San Ignacio también reflexionó sobre la procedencia de los pensamientos: si provenían del maligno, ofrecían placer inmediato, pero con el tiempo conducían al vicio y al pecado. Por el contrario, los pensamientos inspirados por el buen Espíritu solían ser incómodos al inicio, pues interpelaban la conciencia con un juicio recto, pero finalmente llevaban a la virtud y la santidad.

La memoria de la historia personal es esencial para quien busca discernir. Es necesario regresar a ese recorrido y preguntarse: ¿Por qué camino en esta dirección? ¿Qué estoy buscando? En este ejercicio se da el verdadero discernimiento. Ignacio vivió su primera experiencia de Dios escuchando su propio corazón, y eso es lo que debemos aprender: detenernos y preguntarnos: ¿Cómo está mi corazón? ¿Está satisfecho, triste, inquieto? ¿Qué busca realmente? Tomar buenas decisiones requiere escuchar con atención la Palabra de Dios que guardamos en nuestro interior.

Los acontecimientos de la vida parecen a veces guiados por la casualidad. Un contratiempo aparentemente trivial, como la ausencia de libros de caballería y la presencia de relatos de santos, puede convertirse en el punto de partida de una transformación profunda. Dios trabaja no solo en lo previsible, sino también en los contratiempos y en las situaciones inesperadas. Por eso, es esencial estar atentos a lo imprevisto y preguntarnos desde lo más profundo del corazón: *¿Esto es amor, o es otra cosa? Solo cuando observamos nuestras reacciones ante lo inesperado podemos conocer verdaderamente nuestro corazón y comprender cómo se mueve.

El discernimiento nos ayuda a reconocer las señales con las que el Señor se nos hace presente en las circunstancias más inesperadas, incluso en las difíciles. De estos momentos puede surgir un encuentro que cambie la vida para siempre. El hilo conductor más bello suele estar tejido por lo imprevisto. ¿Cómo reaccionamos ante ello? Que el Señor nos conceda la gracia de escuchar nuestro corazón, reconocer cuándo Él actúa en nuestra vida y diferenciarlo de aquello que no viene de Él.



Momentos de la conversación espiritual:

  1. Oración personal. Observando las luces e invitaciones más significativas de Dios ante lo leído.
  2. Escucha atenta: Compartir, de modo sencillo y profundo, escuchando atentamente al otro sin interrumpir con preguntas u opiniones, dejando que lo vivido por el otro ilumine lo advertido en nuestro interior. Al finalizar la intervención dejar un breve espacio de silencio para sentir y gustar lo expresado.
  3. Ecos. Compartir aquello que fue iluminado por el compartir del otro. Sin evaluar, ni hacer grandes reflexiones, solo expresar cómo aquello que compartió el otro colaboró con tener una mayor luz en las mociones personales o suscitó algún movimiento que me conduce a una mayor claridad.
  4. Comunión. Preguntarse por lo común de las llamadas particulares. ¿Hacia dónde nos conduce el Señor? ¿Qué invitaciones se repiten y pueden traducirse en acciones concretas? No se trata de llegar a consensos o acuerdos, la invitación es a responder adecuadamente y con generosidad a lo que el Espíritu Santo suscita.
Oración final.


jueves, 8 de febrero de 2024

(089 - 119) Amoris Laetitia - La alegría del amor. Capítulo IV (1/2): El Amor en el Matrimonio.

Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia. Del Santo Padre Francisco I a los obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas, esposos cristianos y fieles laicos. Sobre el amor en la familia.

Oración y lectura personal de numerales del (089-119).  

Capítulo cuarto
EL AMOR EN EL MATRIMONIO


89. Todo lo dicho no basta para manifestar el evangelio del matrimonio y de la familia si no nos detenemos especialmente a hablar de amor. Porque no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar. En efecto, la gracia del sacramento del matrimonio está destinada ante todo «a perfeccionar el amor de los cónyuges»[104]. También aquí se aplica que, «podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve» (1 Co 13,2-3). Pero la palabra «amor», una de las más utilizadas, aparece muchas veces desfigurada[105].


Nuestro amor cotidiano


90. En el así llamado himno de la caridad escrito por san Pablo, vemos algunas características del amor verdadero:


«El amor es paciente,

es servicial;

el amor no tiene envidia,

no hace alarde,

no es arrogante,

no obra con dureza,

no busca su propio interés,

no se irrita,

no lleva cuentas del mal,

no se alegra de la injusticia,

sino que goza con la verdad.

Todo lo disculpa,

todo lo cree,

todo lo espera,

todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).


Esto se vive y se cultiva en medio de la vida que comparten todos los días los esposos, entre sí y con sus hijos. Por eso es valioso detenerse a precisar el sentido de las expresiones de este texto, para intentar una aplicación a la existencia concreta de cada familia.


Paciencia


91. La primera expresión utilizada es makrothymei. La traducción no es simplemente que «todo lo soporta», porque esa idea está expresada al final del v. 7. El sentido se toma de la traducción griega del Antiguo Testamento, donde dice que Dios es «lento a la ira» (Ex 34,6; Nm 14,18). Se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y evita agredir. Es una cualidad del Dios de la Alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. Los textos en los que Pablo usa este término se deben leer con el trasfondo del Libro de la Sabiduría (cf. 11,23; 12,2.15-18); al mismo tiempo que se alaba la moderación de Dios para dar espacio al arrepentimiento, se insiste en su poder que se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder.


92. Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad» (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.


Actitud de servicio.


93. Sigue la palabra jrestéuetai, que es única en toda la Biblia, derivada de jrestós (persona buena, que muestra su bondad en sus obras). Pero, por el lugar en que está, en estricto paralelismo con el verbo precedente, es un complemento suyo. Así, Pablo quiere aclarar que la «paciencia» nombrada en primer lugar no es una postura totalmente pasiva, sino que está acompañada por una actividad, por una reacción dinámica y creativa ante los demás. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Por eso se traduce como «servicial».


94. En todo el texto se ve que Pablo quiere insistir en que el amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo «amar» en hebreo: es «hacer el bien». Como decía san Ignacio de Loyola, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras»[106]. Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir.


Sanando la envidia


95. Luego se rechaza como contraria al amor una actitud expresada como zeloi (celos, envidia). Significa que en el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien de otro (cf. Hch 7,9; 17,5). La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar. Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia. Acepta que cada uno tiene dones diferentes y distintos caminos en la vida. Entonces, procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo.


96. En definitiva, se trata de cumplir aquello que pedían los dos últimos mandamientos de la Ley de Dios: «No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él» (Ex 20,17). El amor nos lleva a una sentida valoración de cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad. Amo a esa persona, la miro con la mirada de Dios Padre, que nos regala todo «para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17), y entonces acepto en mi interior que pueda disfrutar de un buen momento. Esta misma raíz del amor, en todo caso, es lo que me lleva a rechazar la injusticia de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada, o lo que me mueve a buscar que también los descartables de la sociedad puedan vivir un poco de alegría. Pero eso no es envidia, sino deseos de equidad.


Sin hacer alarde ni agrandarse


97. Sigue el término perpereuotai, que indica la vanagloria, el ansia de mostrarse como superior para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro. La palabra siguiente —physioutai— es muy semejante, porque indica que el amor no es arrogante. Literalmente expresa que no se «agranda» ante los demás, e indica algo más sutil. No es sólo una obsesión por mostrar las propias cualidades, sino que además se pierde el sentido de la realidad. Se considera más grande de lo que es, porque se cree más «espiritual» o «sabio». Pablo usa este verbo otras veces, por ejemplo para decir que «la ciencia hincha, el amor en cambio edifica» (1 Co 8,1). Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil. En otro versículo también lo aplica para criticar a los que se «agrandan» (cf. 1 Co 4,18), pero en realidad tienen más palabrería que verdadero «poder» del Espíritu (cf. 1 Co 4,19).


98. Es importante que los cristianos vivan esto en su modo de tratar a los familiares poco formados en la fe, frágiles o menos firmes en sus convicciones. A veces ocurre lo contrario: los supuestamente más adelantados dentro de su familia, se vuelven arrogantes e insoportables. La actitud de humildad aparece aquí como algo que es parte del amor, porque para poder comprender, disculpar o servir a los demás de corazón, es indispensable sanar el orgullo y cultivar la humildad. Jesús recordaba a sus discípulos que en el mundo del poder cada uno trata de dominar a otro, y por eso les dice: «No ha de ser así entre vosotros» (Mt 20,26). La lógica del amor cristiano no es la de quien se siente más que otros y necesita hacerles sentir su poder, sino que «el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,27). En la vida familiar no puede reinar la lógica del dominio de unos sobre otros, o la competición para ver quién es más inteligente o poderoso, porque esa lógica acaba con el amor. También para la familia es este consejo: «Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (1 P 5,5).


Amabilidad


99. Amar también es volverse amable, y allí toma sentido la palabra asjemonéi. Quiere indicar que el amor no obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía «es una escuela de sensibilidad y desinterés», que exige a la persona «cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar»[107]. Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, «todo ser humano está obligado a ser afable con los que lo rodean»[108]. Cada día, «entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto [...] El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón»[109].


100. Para disponerse a un verdadero encuentro con el otro, se requiere una mirada amable puesta en él. Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, quizás para compensar los propios complejos. Una mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme. Así se protege a sí mismo, ya que sin sentido de pertenencia no se puede sostener una entrega por los demás, cada uno termina buscando sólo su conveniencia y la convivencia se torna imposible. Una persona antisocial cree que los demás existen para satisfacer sus necesidades, y que cuando lo hacen sólo cumplen con su deber. Por lo tanto, no hay lugar para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan. Veamos, por ejemplo, algunas palabras que decía Jesús a las personas: «¡Ánimo hijo!» (Mt 9,2). «¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41). «Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). No son palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian. En la familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús.


Desprendimiento


101. Hemos dicho muchas veces que para amar a los demás primero hay que amarse a sí mismo. Sin embargo, este himno al amor afirma que el amor «no busca su propio interés», o «no busca lo que es de él». También se usa esta expresión en otro texto: «No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás» (Flp 2,4). Ante una afirmación tan clara de las Escrituras, hay que evitar darle prioridad al amor a sí mismo como si fuera más noble que el don de sí a los demás. Una cierta prioridad del amor a sí mismo sólo puede entenderse como una condición psicológica, en cuanto quien es incapaz de amarse a sí mismo encuentra dificultades para amar a los demás: «El que es tacaño consigo mismo, ¿con quién será generoso? [...] Nadie peor que el avaro consigo mismo» (Si 14,5-6).


102. Pero el mismo santo Tomás de Aquino ha explicado que «pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado»[110] y que, de hecho, «las madres, que son las que más aman, buscan más amar que ser amadas»[111]. Por eso, el amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, «sin esperar nada a cambio» (Lc 6,35), hasta llegar al amor más grande, que es «dar la vida» por los demás (Jn 15,13). ¿Todavía es posible este desprendimiento que permite dar gratis y dar hasta el fin? Seguramente es posible, porque es lo que pide el Evangelio: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10,8).


Sin violencia interior


103. Si la primera expresión del himno nos invitaba a la paciencia que evita reaccionar bruscamente ante las debilidades o errores de los demás, ahora aparece otra palabra —paroxýnetai—, que se refiere a una reacción interior de indignación provocada por algo externo. Se trata de una violencia interna, de una irritación no manifiesta que nos coloca a la defensiva ante los otros, como si fueran enemigos molestos que hay que evitar. Alimentar esa agresividad íntima no sirve para nada. Sólo nos enferma y termina aislándonos. La indignación es sana cuando nos lleva a reaccionar ante una grave injusticia, pero es dañina cuando tiende a impregnar todas nuestras actitudes ante los otros.


104. El Evangelio invita más bien a mirar la viga en el propio ojo (cf. Mt 7,5), y los cristianos no podemos ignorar la constante invitación de la Palabra de Dios a no alimentar la ira: «No te dejes vencer por el mal» (Rm 12,21). «No nos cansemos de hacer el bien» (Ga 6,9). Una cosa es sentir la fuerza de la agresividad que brota y otra es consentirla, dejar que se convierta en una actitud permanente: «Si os indignáis, no llegareis a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo» (Ef 4,26). Por ello, nunca hay que terminar el día sin hacer las paces en la familia. Y, «¿cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Sólo un pequeño gesto, algo pequeño, y vuelve la armonía familiar. Basta una caricia, sin palabras. Pero nunca terminar el día en familia sin hacer las paces»[112]. La reacción interior ante una molestia que nos causen los demás debería ser ante todo bendecir en el corazón, desear el bien del otro, pedir a Dios que lo libere y lo sane: «Responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados: para heredar una bendición» (1 P 3,9). Si tenemos que luchar contra un mal, hagámoslo, pero siempre digamos «no» a la violencia interior.


Perdón


105. Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón. La frase logízetai to kakón significa «toma en cuenta el mal», «lo lleva anotado», es decir, es rencoroso. Lo contrario es el perdón, un perdón que se fundamenta en una actitud positiva, que intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona, como Jesús cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Pero la tendencia suele ser la de buscar más y más culpas, la de imaginar más y más maldad, la de suponer todo tipo de malas intenciones, y así el rencor va creciendo y se arraiga. De ese modo, cualquier error o caída del cónyuge puede dañar el vínculo amoroso y la estabilidad familiar. El problema es que a veces se le da a todo la misma gravedad, con el riesgo de volverse crueles ante cualquier error ajeno. La justa reivindicación de los propios derechos, se convierte en una persistente y constante sed de venganza más que en una sana defensa de la propia dignidad.


106. Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil. La verdad es que «la comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar»[113].


107. Hoy sabemos que para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mirada crítica de las personas que amamos, nos han llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos. Eso hace que terminemos guardándonos de los otros, escapando del afecto, llenándonos de temores en las relaciones interpersonales. Entonces, poder culpar a otros se convierte en un falso alivio. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones, e incluso perdonarse, para poder tener esa misma actitud con los demás.


108. Pero esto supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente y no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. De otro modo, nuestra vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo.


Alegrarse con los demás


109. La expresión jairei epi te adikía indica algo negativo afincado en el secreto del corazón de la persona. Es la actitud venenosa del que se alegra cuando ve que se le hace injusticia a alguien. La frase se complementa con la siguiente, que lo dice de modo positivo: sygjairei te alétheia: se regocija con la verdad. Es decir, se alegra con el bien del otro, cuando se reconoce su dignidad, cuando se valoran sus capacidades y sus buenas obras. Eso es imposible para quien necesita estar siempre comparándose o compitiendo, incluso con el propio cónyuge, hasta el punto de alegrarse secretamente por sus fracasos.


110. Cuando una persona que ama puede hacer un bien a otro, o cuando ve que al otro le va bien en la vida, lo vive con alegría, y de ese modo da gloria a Dios, porque «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). Nuestro Señor aprecia de manera especial a quien se alegra con la felicidad del otro. Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro y, sobre todo, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que como ha dicho Jesús «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35). La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él.


Disculpa todo


111. El elenco se completa con cuatro expresiones que hablan de una totalidad: «todo». Disculpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. De este modo, se remarca con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo.


112. En primer lugar se dice que todo lo disculpa panta stegei. Se diferencia de «no tiene en cuenta el mal», porque este término tiene que ver con el uso de la lengua; puede significar «guardar silencio» sobre lo malo que puede haber en otra persona. Implica limitar el juicio, contener la inclinación a lanzar una condena dura e implacable: «No condenéis y no seréis condenados» (Lc 6,37). Aunque vaya en contra de nuestro habitual uso de la lengua, la Palabra de Dios nos pide: «No habléis mal unos de otros, hermanos» (St 4,11). Detenerse a dañar la imagen del otro es un modo de reforzar la propia, de descargar los rencores y envidias sin importar el daño que causemos. Muchas veces se olvida de que la difamación puede ser un gran pecado, una seria ofensa a Dios, cuando afecta gravemente la buena fama de los demás, ocasionándoles daños muy difíciles de reparar. Por eso, la Palabra de Dios es tan dura con la lengua, diciendo que «es un mundo de iniquidad» que «contamina a toda la persona» (St 3,6), como un «mal incansable cargado de veneno mortal» (St 3,8). Si «con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios» (St 3,9), el amor cuida la imagen de los demás, con una delicadeza que lleva a preservar incluso la buena fama de los enemigos. En la defensa de la ley divina nunca debemos olvidarnos de esta exigencia del amor.


113. Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. En todo caso, guardan silencio para no dañar su imagen. Pero no es sólo un gesto externo, sino que brota de una actitud interna. Tampoco es la ingenuidad de quien pretende no ver las dificultades y los puntos débiles del otro, sino la amplitud de miras de quien coloca esas debilidades y errores en su contexto. Recuerda que esos defectos son sólo una parte, no son la totalidad del ser del otro. Un hecho desagradable en la relación no es la totalidad de esa relación. Entonces, se puede aceptar con sencillez que todos somos una compleja combinación de luces y de sombras. El otro no es sólo eso que a mí me molesta. Es mucho más que eso. Por la misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto para valorarlo. Me ama como es y como puede, con sus límites, pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. Es real, pero limitado y terreno. Por eso, si le exijo demasiado, me lo hará saber de alguna manera, ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un ser divino ni estar al servicio de todas mis necesidades. El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado.


Confía


114. Panta pisteuei, «todo lo cree», por el contexto, no se debe entender «fe» en el sentido teológico, sino en el sentido corriente de «confianza». No se trata sólo de no sospechar que el otro esté mintiendo o engañando. Esa confianza básica reconoce la luz encendida por Dios, que se esconde detrás de la oscuridad, o la brasa que todavía arde debajo de las cenizas.


115. Esta misma confianza hace posible una relación de libertad. No es necesario controlar al otro, seguir minuciosamente sus pasos, para evitar que escape de nuestros brazos. El amor confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. Esa libertad, que hace posible espacios de autonomía, apertura al mundo y nuevas experiencias, permite que la relación se enriquezca y no se convierta en un círculo cerrado sin horizontes. Así, los cónyuges, al reencontrarse, pueden vivir la alegría de compartir lo que han recibido y aprendido fuera del círculo familiar. Al mismo tiempo, hace posible la sinceridad y la transparencia, porque cuando uno sabe que los demás confían en él y valoran la bondad básica de su ser, entonces sí se muestra tal cual es, sin ocultamientos. Alguien que sabe que siempre sospechan de él, que lo juzgan sin compasión, que no lo aman de manera incondicional, preferirá guardar sus secretos, esconder sus caídas y debilidades, fingir lo que no es. En cambio, una familia donde reina una básica y cariñosa confianza, y donde siempre se vuelve a confiar a pesar de todo, permite que brote la verdadera identidad de sus miembros, y hace que espontáneamente se rechacen el engaño, la falsedad o la mentira.


Espera


116. Panta elpízei: no desespera del futuro. Conectado con la palabra anterior, indica la espera de quien sabe que el otro puede cambiar. Siempre espera que sea posible una maduración, un sorpresivo brote de belleza, que las potencialidades más ocultas de su ser germinen algún día. No significa que todo vaya a cambiar en esta vida. Implica aceptar que algunas cosas no sucedan como uno desea, sino que quizás Dios escriba derecho con las líneas torcidas de una persona y saque algún bien de los males que ella no logre superar en esta tierra.


117. Aquí se hace presente la esperanza en todo su sentido, porque incluye la certeza de una vida más allá de la muerte. Esa persona, con todas sus debilidades, está llamada a la plenitud del cielo. Allí, completamente transformada por la resurrección de Cristo, ya no existirán sus fragilidades, sus oscuridades ni sus patologías. Allí el verdadero ser de esa persona brillará con toda su potencia de bien y de hermosura. Eso también nos permite, en medio de las molestias de esta tierra, contemplar a esa persona con una mirada sobrenatural, a la luz de la esperanza, y esperar esa plenitud que un día recibirá en el Reino celestial, aunque ahora no sea visible.


Soporta todo


118. Panta hypoménei significa que sobrelleva con espíritu positivo todas las contrariedades. Es mantenerse firme en medio de un ambiente hostil. No consiste sólo en tolerar algunas cosas molestas, sino en algo más amplio: una resistencia dinámica y constante, capaz de superar cualquier desafío. Es amor a pesar de todo, aun cuando todo el contexto invite a otra cosa. Manifiesta una cuota de heroísmo tozudo, de potencia en contra de toda corriente negativa, una opción por el bien que nada puede derribar. Esto me recuerda aquellas palabras de Martin Luther King, cuando volvía a optar por el amor fraterno aun en medio de las peores persecuciones y humillaciones: «La persona que más te odia, tiene algo bueno en él; incluso la nación que más odia, tiene algo bueno en ella; incluso la raza que más odia, tiene algo bueno en ella. Y cuando llegas al punto en que miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la “imagen de Dios”, comienzas a amarlo “a pesar de”. No importa lo que haga, ves la imagen de Dios allí. Hay un elemento de bondad del que nunca puedes deshacerte [...] Otra manera para amar a tu enemigo es esta: cuando se presenta la oportunidad para que derrotes a tu enemigo, ese es el momento en que debes decidir no hacerlo [...] Cuando te elevas al nivel del amor, de su gran belleza y poder, lo único que buscas derrotar es los sistemas malignos. A las personas atrapadas en ese sistema, las amas, pero tratas de derrotar ese sistema [...] Odio por odio sólo intensifica la existencia del odio y del mal en el universo. Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún lugar, alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio, la cadena del mal [...] Alguien debe tener suficiente religión y moral para cortarla e inyectar dentro de la propia estructura del universo ese elemento fuerte y poderoso del amor»[114].


119. En la vida familiar hace falta cultivar esa fuerza del amor, que permite luchar contra el mal que la amenaza. El amor no se deja dominar por el rencor, el desprecio hacia las personas, el deseo de lastimar o de cobrarse algo. El ideal cristiano, y de modo particular en la familia, es amor a pesar de todo. A veces me admira, por ejemplo, la actitud de personas que han debido separarse de su cónyuge para protegerse de la violencia física y, sin embargo, por la caridad conyugal que sabe ir más allá de los sentimientos, han sido capaces de procurar su bien, aunque sea a través de otros, en momentos de enfermedad, de sufrimiento o de dificultad. Eso también es amor a pesar de todo.


Recuerda registrar por escrito el fruto de la reflexión de este texto para compartirla en el Grupo de Conversación Espiritual.

Nota: Este material forma parte de un grupo que comparte periódicamente los frutos de esta lectura si quieres formar parte de él comunicate al correo: lastareasdelamor@gmail.com

 

Tareas del amor propuestas que se desprenden del texto

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NOTAS:

[105] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 2: AAS98 (2006), 218.
[106] Ejercicios Espirituales, Contemplación para alcanzar amor, 230.
[107] Octavio Paz, La llama doble, Barcelona 1993, 35.
[108] Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 114, a. 2, ad 1.
[109] Catequesis (13 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 15 de mayo de 2015, p. 9.
[110] Summa TheologiaeII-II, q. 27, a. 1, ad 2.
[111] Ibíd., II-II, q. 27, a. 1.
[112] Catequesis (13 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 15 de mayo de 2015, p. 9.
[113] Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 21: AAS 74 (1982), 106.
[114] Sermón en la iglesia Bautista de la Avenida Dexter, Montgomery, Alabama, 17 de noviembre de 1957.