miércoles, 17 de enero de 2024

(008-030) Amoris Laetitia - La alegría del amor - Capítulo I: A la luz de la palabra.

Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia. Del Santo Padre Francisco I a los obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas, esposos cristianos y fieles laicos. Sobre el amor en la familia.

Oración y lectura personal de numerales del (008-030). 

Capítulo primero
A LA LUZ DE LA PALABRA


8. La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva con su peso de violencia pero también con la fuerza de la vida que continúa (cf. Gn 4), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero (cf. Ap 21,2.9). Las dos casas que Jesús describe, construidas sobre roca o sobre arena (cf. Mt 7,24-27), son expresión simbólica de tantas situaciones familiares, creadas por las libertades de sus miembros, porque, como escribía el poeta, «toda casa es un candelabro»[5]. Entremos ahora en una de esas casas, guiados por el Salmista, a través de un canto que todavía hoy se proclama tanto en la liturgia nupcial judía como en la cristiana:


«¡Dichoso el que teme al Señor,

y sigue sus caminos!

Del trabajo de tus manos comerás,

serás dichoso, te irá bien.

Tu esposa, como parra fecunda,

en medio de tu casa;

tus hijos como brotes de olivo,

alrededor de tu mesa.

Esta es la bendición del hombre

que teme al Señor.

Que el Señor te bendiga desde Sión,

que veas la prosperidad de Jerusalén,

todos los días de tu vida;

que veas a los hijos de tus hijos.

¡Paz a Israel!» (Sal 128,1-6).


Tú y tu esposa


9. Atravesemos entonces el umbral de esta casa serena, con su familia sentada en torno a la mesa festiva. En el centro encontramos la pareja del padre y de la madre con toda su historia de amor. En ellos se realiza aquel designio primordial que Cristo mismo evoca con intensidad: «¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y mujer?» (Mt 19,4). Y se retoma el mandato del Génesis: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (2,24).


10. Los dos grandiosos primeros capítulos del Génesis nos ofrecen la representación de la pareja humana en su realidad fundamental. En ese texto inicial de la Biblia brillan algunas afirmaciones decisivas. La primera, citada sintéticamente por Jesús, declara: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (1,27). Sorprendentemente, la «imagen de Dios» tiene como paralelo explicativo precisamente a la pareja «hombre y mujer». ¿Significa esto que Dios mismo es sexuado o que con él hay una compañera divina, como creían algunas religiones antiguas? Obviamente no, porque sabemos con cuánta claridad la Biblia rechazó como idolátricas estas creencias difundidas entre los cananeos de la Tierra Santa. Se preserva la trascendencia de Dios, pero, puesto que es al mismo tiempo el Creador, la fecundidad de la pareja humana es «imagen» viva y eficaz, signo visible del acto creador.


11. La pareja que ama y genera la vida es la verdadera «escultura» viviente —no aquella de piedra u oro que el Decálogo prohíbe—, capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Por eso el amor fecundo llega a ser el símbolo de las realidades íntimas de Dios (cf. Gn 1,28; 9,7; 17,2-5.16; 28,3; 35,11; 48,3-4). A esto se debe el que la narración del Génesis, siguiendo la llamada «tradición sacerdotal», esté atravesada por varias secuencias genealógicas (cf. 4,17-22.25-26; 5; 10; 11,10-32; 25,1-4.12-17.19-26; 36), porque la capacidad de generar de la pareja humana es el camino por el cual se desarrolla la historia de la salvación. Bajo esta luz, la relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el misterio de Dios, fundamental en la visión cristiana de la Trinidad que contempla en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor. El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente. Nos iluminan las palabras de san Juan Pablo II: «Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo»[6]. La familia no es pues algo ajeno a la misma esencia divina[7]. Este aspecto trinitario de la pareja tiene una nueva representación en la teología paulina cuando el Apóstol la relaciona con el «misterio» de la unión entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,21-33).


12. Pero Jesús, en su reflexión sobre el matrimonio, nos remite a otra página del Génesis, el capítulo 2, donde aparece un admirable retrato de la pareja con detalles luminosos. Elijamos sólo dos. El primero es la inquietud del varón que busca «una ayuda recíproca» (vv. 18.20), capaz de resolver esa soledad que le perturba y que no es aplacada por la cercanía de los animales y de todo lo creado. La expresión original hebrea nos remite a una relación directa, casi «frontal» —los ojos en los ojos— en un diálogo también tácito, porque en el amor los silencios suelen ser más elocuentes que las palabras. Es el encuentro con un rostro, con un «tú» que refleja el amor divino y es «el comienzo de la fortuna, una ayuda semejante a él y una columna de apoyo» (Si 36,24), como dice un sabio bíblico. O bien, como exclamará la mujer del Cantar de los Cantares en una estupenda profesión de amor y de donación en la reciprocidad: «Mi amado es mío y yo suya [...] Yo soy para mi amado y mi amado es para mí» (2,16; 6,3).


13. De este encuentro, que sana la soledad, surgen la generación y la familia. Este es el segundo detalle que podemos destacar: Adán, que es también el hombre de todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta, junto con su mujer, da origen a una nueva familia, como repite Jesús citando el Génesis: «Se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» (Mt 19,5; cf. Gn 2,24). El verbo «unirse» en el original hebreo indica una estrecha sintonía, una adhesión física e interior, hasta el punto que se utiliza para describir la unión con Dios: «Mi alma está unida a ti» (Sal 63,9), canta el orante. Se evoca así la unión matrimonial no solamente en su dimensión sexual y corpórea sino también en su donación voluntaria de amor. El fruto de esta unión es «ser una sola carne», sea en el abrazo físico, sea en la unión de los corazones y de las vidas y, quizás, en el hijo que nacerá de los dos, el cual llevará en sí, uniéndolas no sólo genéticamente sino también espiritualmente, las dos «carnes».


Tus hijos como brotes de olivo


14. Retomemos el canto del Salmista. Allí aparecen, dentro de la casa donde el hombre y su esposa están sentados a la mesa, los hijos que los acompañan «como brotes de olivo» (Sal 128,3), es decir, llenos de energía y de vitalidad. Si los padres son como los fundamentos de la casa, los hijos son como las «piedras vivas» de la familia (cf. 1 P 2,5). Es significativo que en el Antiguo Testamento la palabra que aparece más veces después de la divina (yhwh, el «Señor») es «hijo» (ben), un vocablo que remite al verbo hebreo que significa «construir» (banah). Por eso, en el Salmo 127 se exalta el don de los hijos con imágenes que se refieren tanto a la edificación de una casa, como a la vida social y comercial que se desarrollaba en la puerta de la ciudad: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; la herencia que da el Señor son los hijos; su salario, el fruto del vientre: son saetas en mano de un guerrero los hijos de la juventud; dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza» (vv. 1.3-5). Es verdad que estas imágenes reflejan la cultura de una sociedad antigua, pero la presencia de los hijos es de todos modos un signo de plenitud de la familia en la continuidad de la misma historia de salvación, de generación en generación.


15. Bajo esta luz podemos recoger otra dimensión de la familia. Sabemos que en el Nuevo Testamento se habla de «la iglesia que se reúne en la casa» (cf. 1 Co 16,19; Rm 16,5; Col 4,15; Flm 2). El espacio vital de una familia se podía transformar en iglesia doméstica, en sede de la Eucaristía, de la presencia de Cristo sentado a la misma mesa. Es inolvidable la escena pintada en el Apocalipsis: «Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos» (3,20). Así se delinea una casa que lleva en su interior la presencia de Dios, la oración común y, por tanto, la bendición del Señor. Es lo que se afirma en el Salmo 128 que tomamos como base: «Que el Señor te bendiga desde Sión» (v. 5).


16. La Biblia considera también a la familia como la sede de la catequesis de los hijos. Eso brilla en la descripción de la celebración pascual (cf. Ex 12,26-27; Dt 6,20-25), y luego fue explicitado en la haggadah judía, o sea, en la narración dialógica que acompaña el rito de la cena pascual. Más aún, un Salmo exalta el anuncio familiar de la fe: «Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que realizó. Porque él estableció una norma para Jacob, dio una ley a Israel: él mandó a nuestros padres que lo enseñaran a sus hijos, para que lo supiera la generación siguiente, y los hijos que nacieran después. Que surjan y lo cuenten a sus hijos» (Sal 78,3-6). Por lo tanto, la familia es el lugar donde los padres se convierten en los primeros maestros de la fe para sus hijos. Es una tarea artesanal, de persona a persona: «Cuando el día de mañana tu hijo te pregunte [...] le responderás…» (Ex 13,14). Así, las distintas generaciones entonarán su canto al Señor, «los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños» (Sal 148,12).


17. Los padres tienen el deber de cumplir con seriedad su misión educadora, como enseñan a menudo los sabios bíblicos (cf. Pr 3,11-12; 6,20-22; 13,1; 29,17). Los hijos están llamados a acoger y practicar el mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20,12), donde el verbo «honrar» indica el cumplimiento de los compromisos familiares y sociales en su plenitud, sin descuidarlos con excusas religiosas (cf. Mc 7,11-13). En efecto, «el que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros» (Si 3,3-4).


18. El Evangelio nos recuerda también que los hijos no son una propiedad de la familia, sino que tienen por delante su propio camino de vida. Si es verdad que Jesús se presenta como modelo de obediencia a sus padres terrenos, sometiéndose a ellos (cf. Lc 2,51), también es cierto que él muestra que la elección de vida del hijo y su misma vocación cristiana pueden exigir una separación para cumplir con su propia entrega al Reino de Dios (cf. Mt 10,34-37; Lc 9,59-62). Es más, él mismo a los doce años responde a María y a José que tiene otra misión más alta que cumplir más allá de su familia histórica (cf. Lc 2,48-50). Por eso exalta la necesidad de otros lazos, muy profundos también dentro de las relaciones familiares: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra» (Lc 8,21). Por otra parte, en la atención que él presta a los niños —considerados en la sociedad del antiguo Oriente próximo como sujetos sin particulares derechos e incluso como objeto de posesión familiar— Jesús llega al punto de presentarlos a los adultos casi como maestros, por su confianza simple y espontánea ante los demás: «En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18,3-4).


Un sendero de sufrimiento y de sangre


19. El idilio que manifiesta el Salmo 128 no niega una realidad amarga que marca todas las Sagradas Escrituras. Es la presencia del dolor, del mal, de la violencia que rompen la vida de la familia y su íntima comunión de vida y de amor. Por algo el discurso de Cristo sobre el matrimonio (cf. Mt 19,3-9) está inserto dentro de una disputa sobre el divorcio. La Palabra de Dios es testimonio constante de esta dimensión oscura que se abre ya en los inicios cuando, con el pecado, la relación de amor y de pureza entre el varón y la mujer se transforma en un dominio: «Tendrás ansia de tu marido, y él te dominará» (Gn 3,16).


20. Es un sendero de sufrimiento y de sangre que atraviesa muchas páginas de la Biblia, a partir de la violencia fratricida de Caín sobre Abel y de los distintos litigios entre los hijos y entre las esposas de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, llegando luego a las tragedias que llenan de sangre a la familia de David, hasta las múltiples dificultades familiares que surcan la narración de Tobías o la amarga confesión de Job abandonado: «Ha alejado de mí a mis parientes, mis conocidos me tienen por extraño [...] Hasta mi vida repugna a mi esposa, doy asco a mis propios hermanos» (Jb 19,13.17).


21. Jesús mismo nace en una familia modesta que pronto debe huir a una tierra extranjera. Él entra en la casa de Pedro donde su suegra está enferma (Mc 1,30-31), se deja involucrar en el drama de la muerte en la casa de Jairo o en el hogar de Lázaro (cf. Mc 5,22-24.35-43); escucha el grito desesperado de la viuda de Naín ante su hijo muerto (cf. Lc 7,11-15), atiende el clamor del padre del epiléptico en un pequeño pueblo del campo (cf. Mt 9,9-13; Lc 19,1-10. Encuentra a publicanos como Mateo o Zaqueo en sus propias casas, y también a pecadoras, como la mujer que irrumpe en la casa del fariseo (cf. Lc 7,36-50). Conoce las ansias y las tensiones de las familias incorporándolas en sus parábolas: desde los hijos que dejan sus casas para intentar alguna aventura (cf. Lc 15,11-32) hasta los hijos difíciles con comportamientos inexplicables (cf. Mt 21,28-31) o víctimas de la violencia (cf. Mc 12,1-9). Y se interesa incluso por las bodas que corren el riesgo de resultar bochornosas por la ausencia de vino (cf. Jn 2,1-10) o por falta de asistencia de los invitados (cf. Mt 22,1-10), así como conoce la pesadilla por la pérdida de una moneda en una familia pobre (cf. Lc 15,8-10).


22. En este breve recorrido podemos comprobar que la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino, cuando Dios «enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Ap 21,4).


La fatiga de tus manos


23. Al comienzo del Salmo 128, el padre es presentado como un trabajador, quien con la obra de sus manos puede sostener el bienestar físico y la serenidad de su familia: «Comerás del trabajo de tus manos, serás dichoso, te irá bien» (v. 2). Que el trabajo sea una parte fundamental de la dignidad de la vida humana se deduce de las primeras páginas de la Biblia, cuando se declara que «Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara» (Gn 2,15). Es la representación del trabajador que transforma la materia y aprovecha las energías de lo creado, dando luz al «pan de vuestros sudores» (Sal 127,2), además de cultivarse a sí mismo.


24. El trabajo hace posible al mismo tiempo el desarrollo de la sociedad, el sostenimiento de la familia y también su estabilidad y su fecundidad: «Que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida; que veas a los hijos de tus hijos» (Sal 128,5-6). En el libro de los Proverbios también se hace presente la tarea de la madre de familia, cuyo trabajo se describe en todas sus particularidades cotidianas, atrayendo la alabanza del esposo y de los hijos (cf. 31,10-31). El mismo Apóstol Pablo se mostraba orgulloso de haber vivido sin ser un peso para los demás, porque trabajó con sus manos y así se aseguró el sustento (cf. Hch 18,3; 1 Co 4,12; 9,12). Tan convencido estaba de la necesidad del trabajo, que estableció una férrea norma para sus comunidades: «Si alguno no quiere trabajar, que no coma» (2 Ts 3,10; cf. 1 Ts 4,11).


25. Dicho esto, se comprende que la desocupación y la precariedad laboral se transformen en sufrimiento, como se hace notar en el librito de Rut y como recuerda Jesús en la parábola de los trabajadores sentados, en un ocio forzado, en la plaza del pueblo (cf. Mt 20,1-16), o cómo él lo experimenta en el mismo hecho de estar muchas veces rodeado de menesterosos y hambrientos. Es lo que la sociedad está viviendo trágicamente en muchos países, y esta ausencia de fuentes de trabajo afecta de diferentes maneras a la serenidad de las familias.


26. Tampoco podemos olvidar la degeneración que el pecado introduce en la sociedad cuando el ser humano se comporta como tirano ante la naturaleza, devastándola, usándola de modo egoísta y hasta brutal. Las consecuencias son al mismo tiempo la desertificación del suelo (cf. Gn 3,17-19) y los desequilibrios económicos y sociales, contra los cuales se levanta con claridad la voz de los profetas, desde Elías (cf. 1 R 21) hasta llegar a las palabras que el mismo Jesús pronuncia contra la injusticia (cf. Lc 12,13-21; 16,1-31).


La ternura del abrazo


27. Cristo ha introducido como emblema de sus discípulos sobre todo la ley del amor y del don de sí a los demás (cf. Mt 22,39; Jn 13,34), y lo hizo a través de un principio que un padre o una madre suelen testimoniar en su propia existencia: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Fruto del amor son también la misericordia y el perdón. En esta línea, es muy emblemática la escena que muestra a una adúltera en la explanada del templo de Jerusalén, rodeada de sus acusadores, y luego sola con Jesús que no la condena y la invita a una vida más digna (cf. Jn 8,1-11).


28. En el horizonte del amor, central en la experiencia cristiana del matrimonio y de la familia, se destaca también otra virtud, algo ignorada en estos tiempos de relaciones frenéticas y superficiales: la ternura. Acudamos al dulce e intenso Salmo 131. Como se advierte también en otros textos (cf. Ex 4,22; Is 49,15; Sal 27,10), la unión entre el fiel y su Señor se expresa con rasgos del amor paterno o materno. Aquí aparece la delicada y tierna intimidad que existe entre la madre y su niño, un recién nacido que duerme en los brazos de su madre después de haber sido amamantado. Se trata —como lo expresa la palabra hebrea gamul— de un niño ya destetado, que se aferra conscientemente a la madre que lo lleva en su pecho. Es entonces una intimidad consciente y no meramente biológica. Por eso el salmista canta: «Tengo mi interior en paz y en silencio, como un niño destetado en el regazo de su madre» (Sal 131,2). De modo paralelo, podemos acudir a otra escena, donde el profeta Oseas coloca en boca de Dios como padre estas palabras conmovedoras: «Cuando Israel era joven, lo amé [...] Yo enseñe a andar a Efraín, lo alzaba en brazos [...] Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía; era para ellos como el que levanta a un niño contra su mejilla, me inclinaba y le daba de comer» (11,1.3-4).


29. Con esta mirada, hecha de fe y de amor, de gracia y de compromiso, de familia humana y de Trinidad divina, contemplamos la familia que la Palabra de Dios confía en las manos del varón, de la mujer y de los hijos para que conformen una comunión de personas que sea imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La actividad generativa y educativa es, a su vez, un reflejo de la obra creadora del Padre. La familia está llamada a compartir la oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios y la comunión eucarística para hacer crecer el amor y convertirse cada vez más en templo donde habita el Espíritu.


30. Ante cada familia se presenta el icono de la familia de Nazaret, con su cotidianeidad hecha de cansancios y hasta de pesadillas, como cuando tuvo que sufrir la incomprensible violencia de Herodes, experiencia que se repite trágicamente todavía hoy en tantas familias de prófugos desechados e inermes. Como los magos, las familias son invitadas a contemplar al Niño y a la Madre, a postrarse y a adorarlo (cf. Mt 2,11). Como María, son exhortadas a vivir con coraje y serenidad sus desafíos familiares, tristes y entusiasmantes, y a custodiar y meditar en el corazón las maravillas de Dios (cf. Lc 2,19.51). En el tesoro del corazón de María están también todos los acontecimientos de cada una de nuestras familias, que ella conserva cuidadosamente. Por eso puede ayudarnos a interpretarlos para reconocer en la historia familiar el mensaje de Dios.


Recuerda registrar por escrito el fruto de la reflexión de este texto para compartirla en el Grupo de Conversación Espiritual.

Nota: Este material forma parte de un grupo que comparte periódicamente los frutos de esta lectura si quieres formar parte de él comunicate al correo: lastareasdelamor@gmail.com


Tareas del amor propuestas que se desprenden del texto

  • Alegrarse por ser de los que aman al Señor y hacen todo lo posible por no apartarse de Él, ni perderle, seguir sus caminos.
    • Actividad sugerida: Dar gracias a Dios con genunino corazón en tu familia. 



Referencias del texto:

(Fuente: https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html)

NOTAS:

[5] Jorge Luis Borges, «Calle desconocida», en Fervor de Buenos Aires, Buenos Aires 2011, 23.
[6] Homilía en la Eucaristía celebrada en Puebla de los Ángeles (28 enero 1979), 2: AAS 71 (1979), 184.
[7] Cf. ibíd.

miércoles, 10 de enero de 2024

(001 - 007) Amoris Laetitia - La alegría del amor

Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia. Del Santo Padre Francisco I a los obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas, esposos cristianos y fieles laicos. Sobre el amor en la familia.

Oración y lectura personal de numerales del 001 al 007. 

Proemio. La alegría del amor.

1. La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia. Como han indicado los Padres sinodales, a pesar de las numerosas señales de crisis del matrimonio, «el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia»[1]. Como respuesta a ese anhelo «el anuncio cristiano relativo a la familia es verdaderamente una buena noticia»[2].


2. El camino sinodal permitió poner sobre la mesa la situación de las familias en el mundo actual, ampliar nuestra mirada y reavivar nuestra conciencia sobre la importancia del matrimonio y la familia. Al mismo tiempo, la complejidad de los temas planteados nos mostró la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales. La reflexión de los pastores y teólogos, si es fiel a la Iglesia, honesta, realista y creativa, nos ayudará a encontrar mayor claridad. Los debates que se dan en los medios de comunicación o en publicaciones, y aun entre ministros de la Iglesia, van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, a la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas.


3. Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada. Además, en cada país o región se pueden buscar soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales, porque «las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general [...] necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado»[3].


4. De cualquier manera, debo decir que el camino sinodal ha contenido una gran belleza y ha brindado mucha luz. Agradezco tantos aportes que me han ayudado a contemplar los problemas de las familias del mundo en toda su amplitud. El conjunto de las intervenciones de los Padres, que escuché con constante atención, me ha parecido un precioso poliedro, conformado por muchas legítimas preocupaciones y por preguntas honestas y sinceras. Por ello consideré adecuado redactar una Exhortación apostólica postsinodal que recoja los aportes de los dos recientes Sínodos sobre la familia, agregando otras consideraciones que puedan orientar la reflexión, el diálogo o la praxis pastoral y, a la vez, ofrezcan aliento, estímulo y ayuda a las familias en su entrega y en sus dificultades.


5. Esta Exhortación adquiere un sentido especial en el contexto de este Año Jubilar de la Misericordia. En primer lugar, porque la entiendo como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo.


6. En el desarrollo del texto, comenzaré con una apertura inspirada en las Sagradas Escrituras, que otorgue un tono adecuado. A partir de allí, consideraré la situación actual de las familias en orden a mantener los pies en la tierra. Después recordaré algunas cuestiones elementales de la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, para dar lugar así a los dos capítulos centrales, dedicados al amor. A continuación destacaré algunos caminos pastorales que nos orienten a construir hogares sólidos y fecundos según el plan de Dios, y dedicaré un capítulo a la educación de los hijos. Luego me detendré en una invitación a la misericordia y al discernimiento pastoral ante situaciones que no responden plenamente a lo que el Señor nos propone, y por último plantearé breves líneas de espiritualidad familiar.


7. Debido a la riqueza de los dos años de reflexión que aportó el camino sinodal, esta Exhortación aborda, con diferentes estilos, muchos y variados temas. Eso explica su inevitable extensión. Por eso no recomiendo una lectura general apresurada. Podrá ser mejor aprovechada, tanto por las familias como por los agentes de pastoral familiar, si la profundizan pacientemente parte por parte o si buscan en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta. Es probable, por ejemplo, que los matrimonios se identifiquen más con los capítulos cuarto y quinto, que los agentes de pastoral tengan especial interés en el capítulo sexto, y que todos se vean muy interpelados por el capítulo octavo. Espero que cada uno, a través de la lectura, se sienta llamado a cuidar con amor la vida de las familias, porque ellas «no son un problema, son principalmente una oportunidad»[4].

Recuerda registrar por escrito el fruto de la reflexión de este texto para compartirla en el Grupo de Conversación Espiritual.

Nota: Este material forma parte de un grupo que comparte periódicamente los frutos de esta lectura si quieres formar parte de él comunicate al correo: lastareasdelamor@gmail.com


Tareas del amor propuestas que se desprenden del texto

  • Abrir la mente y el corazón a la propuesta de la Iglesia para las familias cristianas, para que nos estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. (cf. 005)
    • Actividad sugerida: Apartar tiempo en agenda para la meditación de este texto y  compartir comunitario de los frutos de la reflexión personal.
  • Alentar a todos para ser signos de la misericordia y cercanía en la vida familiar.



Referencias del texto:

(Fuente: https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html)


NOTAS:

[1] III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, Relatio synodi (18 octubre 2014), 2.
[2] XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Relación final (24 octubre 2015), 3.
[3] Discurso en la clausura de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 octubre 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 30 de octubre de 2015, p. 4; cf. Pontificia Comisión Bíblica, Fe y cultura a la luz de la Biblia. Actas de la Sesión plenaria 1979 de la Pontificia Comisión Bíblica, Turín 1981; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 44; Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 52: AAS83 (1991), 300; Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 69.117: AAS 105 (2013), 1049.1068-69.
[4] Discurso en el Encuentro con las Familias de Santiago de Cuba (22 septiembre 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 25 de septiembre de 2015, p. 12.

sábado, 25 de marzo de 2017

Día 22 de 40: Ser familia de Dios... acercándonos a la Palabra de Dios.

Taller de Fray Nelson Medina... Acercarse a la Biblia

El tema
https://www.youtube.com/watch?v=5P8WJnZFmzY

Las claves
https://www.youtube.com/watch?v=7GfBNzw12sM

Las actitudes
https://www.youtube.com/watch?v=mMQutv1M2dA

Del antiguo al nuevo testamento
https://www.youtube.com/watch?v=xRVam-u2ZKw

Dinamismo del antiguo al nuevo testamento
https://www.youtube.com/watch?v=57US66ADh3Q

Establecer una relación personal
https://www.youtube.com/watch?v=nbd9BlvGK90




Día 21 de 40: Lectio Divina ... cómo sacar mejor provecho de la lectura de la Palabra.

Estudia primero el siguiente video de Fray Nelson Medina.
https://www.youtube.com/watch?v=Sh-D5gqsytU

Haz la Lectio Divina del siguiente texto...

Lc 24, 13-35
13 Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén.
14 En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
15 Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos.
16 Pero algo impedía que sus ojo lo reconocieran.
17 El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste,
18 y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!».
19 «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo,
20 y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
21 Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.
22 Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro
23 y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo.
24 Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».
25 Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!
26 ¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?»
27 Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él.
28 Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.
29 Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos.
30 Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
31 Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
32 Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
33 En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos,
34 y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».
35 Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

viernes, 24 de marzo de 2017

Día 20 de 40: porqué sufre un inocente?

JOB
Capítulo 1 
1  Había en el país de Us un hombre llamado, Job. Este hombre era íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal.
2 Le habían nacido siete hijos y tres hijas,
3 y poseía una hacienda de siete mil ovejas, y tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientas asnas, además de una servidumbre muy numerosa. Este hombre era el más rico entre todos los Orientales.
4 Sus hijos tenían la costumbre de ofrecer por turno un banquete, cada uno en su propia casa, e invitaban a sus tres hermanas a comer y a beber con ellos.
5 Una vez concluido el ciclo de los festejos, Job los hacía venir y los purificaba; después se levantaba muy de madrugada y ofrecía un holocausto por cada uno de ellos. Porque pensaba: «Tal vez mis hijos hayan pecado y maldecido a Dios en su corazón». Así procedía Job indefectiblemente.
6 El día en que los hijos de Dios fueron a presentarse delante del Señor, también el Adversario estaba en medio de ellos.
7 El Señor le dijo: «¿De dónde vienes?». El Adversario respondió al Señor: «De rondar por la tierra, yendo de aquí para allá».
8 Entonces el Señor le dijo: «¿Te has fijado en mi servidor Job? No hay nadie como él sobre la tierra: es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal».
9 Pero el Adversario le respondió: «¡No por nada teme Job al Señor!
10 ¿Acaso tú no has puesto un cerco protector alrededor de él, de su casa y de todo lo que posee? Tú has bendecido la obra de sus manos y su hacienda se ha esparcido por todo el país.
11 Pero extiende tu mano y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te maldecirá en la cara!».
12 El Señor dijo al Adversario: «Está bien. Todo lo que le pertenece está en tu poder, pero no pongas tu mano sobre él». Y el Adversario se alejó de la presencia del Señor.
13 El día en que sus hijos e hijas estaban comiendo y bebiendo en la casa del hermano mayor,
14 llegó un mensajero y dijo a Job: «Los bueyes estaban arando y las asnas pastaban cerca de ellos,
15 cuando de pronto irrumpieron los sabeos y se los llevaron, pasando a los servidores al filo de la espada. Yo solo pude escapar para traerte la noticia».
16 Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo: «Cayó del cielo fuego de Dios, e hizo arder a las ovejas y a los servidores hasta consumirlos. Yo solo pude escapar para traerte la noticia».
17 Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo: «Los caldeos, divididos en tres grupos, se lanzaron sobre los camellos y se los llevaron, pasando a los servidores al filo de la espada. Yo solo pude escapar para traerte la noticia».
18 Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo: «Tus hijos y tus hijas comían y bebían en la casa de su hermano mayor,
19 y de pronto sopló un fuerte viento del lado del desierto, que sacudió los cuatro ángulos de la casa. Esta se desplomó sobre los jóvenes, y ellos murieron. Yo solo pude escapar para traerte la noticia».
20 Entonces Job se levantó y rasgó su manto; se rapó la cabeza, se postró con el rostro en tierra
21 y exclamó: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor!».
22 En todo esto, Job no pecó ni dijo nada indigno contra Dios.

Tarea: escuchar los siguientes videos de Fray Nelson Medina O.P.



martes, 21 de marzo de 2017

Día 19 de 40: Al encuentro con Jesús - Los senderos de la Paz.




Los ángeles, cuando anunciaron al mundo el gozo incomparable y único del nacimiento de Jesús, hicieron dos promesas: una para el cielo, la otra para la tierra. Para el cielo, la gloria de Dios; para la tierra, la paz a los hombres de buena voluntad. Y esas dos promesas encierran y sintetizan toda la obra de Jesucristo en este mundo: a eso vino, a dar Gloria a Dios y traer a los hombres la Paz, esa fue su obra: la Gloria de Dios y la Paz de las almas.

Y como no sería posible en unas cuantas páginas tratar al mismo tiempo de estos dos frutos deliciosos de Jesús, voy a limitarme a considerar uno solo de ellos, la Paz. Fue lo que Jesucristo nos trajo del cielo, es su don, el don de Dios; un don tan hermoso, tan profundo, tan incomprensivo, tan eficaz, que nunca acertaremos a comprender.

De la paz divina pudiéramos decir lo que de Sí mismo dijo Nuestro Señor a la Samaritana en el brocal del pozo de Jacob: “¡Si conocieras el don de Dios! (Jn 4,10).

¡Si conocieras el don de Dios! ¡Si supiéramos lo que es la paz! ¡Si comprendiéramos todos los tesoros que en ella puso Nuestro Señor, cómo es el resumen, pudiéramos decir, y el coronamiento y la síntesis de todas las gracias y de todas las bendiciones celestiales que hemos recibido en Cristo Jesús!

La paz es como el sello de Cristo. No es uno de tantos dones que nos trajo, es en cierta manera su don. Cuando apareció en el mundo, en la noche inolvidable de Belén, los ángeles anunciaron la paz. En aquella otra noche, la última que pasó por la tierra, inolvidable también y dulcísima, la noche del Cenáculo y de la Eucaristía, Jesús dejó a sus amados, como testamento de su amor, la paz: Mi paz os dejo mi paz os doy…” (Jn 14,27).

Y cuando resucitó, el saludo que daba siempre a sus Apóstoles era éste: “¡la paz sea con vosotros! (Jn 20,21).

Más aún, les recomendó que cuando fueran a ejercer su misión apostólica, al llegar a una casa cualquiera, siempre dijeran estas mismas palabras: La paz sea con vosotros, y si allí estaba el hijo de la Paz, recibirían la Paz; si no, vuestra paz decía, volverá con vosotros.

La Santa Iglesia que conoce a fondo el Espíritu de Jesús, que es Jesús mismo perpetuándose a través de los siglos, ha recogido la palabra de su Maestro y constantemente en su liturgia pide para sus hijos la Paz, y nos la da y hace que unos a los otros nos la demos. Y así casi todos los sacramentos se consuman en la Paz la paz sea contigo, dice el sacerdote al bautizado para despedirlo, e igualmente al confirmado y al que se ha purificado de sus pecados en el sacramento de la Penitencia: anda en Paz.

A las veces, la comunicación de la Paz de Jesús se hace con alguna ceremonia externa, llena de ternura: es un abrazo, como en la Misa solemne, entre el sacerdote y sus ministros; es un ósculo, como entre el Obispo y el sacerdote que acaba de ordenar.

De manera que toda la Liturgia está como impregnada de este Espíritu de Jesucristo y a cada paso resuena en ella la palabra de Jesús a sus Apóstoles después de la resurrección: La paz sea contigo, la paz sea con vosotros.

Y puede asegurarse que la vida de la Iglesia no es otra cosa que la marcha triunfal de la paz en el mundo: sobre la cuna de la Iglesia, como sobre el pesebre de Belén, los ángeles podían entonar el mismo cántico: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Porque la Iglesia no ha hecho otra cosa, ni intenta hacer otra cosa, ni tiene otra misión, que dar Gloria a Dios y paz a los hombres de buena voluntad.

***

Pero esta paz de Jesucristo tiene caracteres especiales que conviene contemplar siquiera sea de paso.

Desde luego, es como exclusiva de Él: Jesús tiene el monopolio de la Paz, por más que lo intenta. Falsifica la alegría; cierto que esa alegría del mundo es superficial y a las veces llega a ser sarcasmo; pero al fin la falsifica. Y falsifica la sabiduría, deslumbrando a los crédulos con una ciencia aparatosa pero vana; y falsifica el amor, dando este nombre sagrado a la pasión brutal o al egoísmo vil. Hijo al fin de Satanás, padre de la mentira, el mundo es esencialmente engañoso y todo lo falsifica. Pero hay algo que no puede falsificar: la paz. El mundo no puede darla, porque es algo divino, porque es el sello de Jesús.

***

Y esta Paz que Nuestro Señor nos da es profunda. No es superficial y puramente exterior, como por ejemplo la paz de los sepulcros, la paz de los desiertos, que en realidad no es Paz, sino soledad, vacío, desolación la Paz de Dios llega en cambio hasta lo profundo de nuestros corazones, es algo que nos invade como un perfume exquisito que penetra, - pudiéramos decir con San Pablo - , hasta la división del alma y del espíritu. Es plenitud, es vida

***

Es también indestructible. Nada ni nadie puede arrancarla de un alma que ha recibido de Dios este don, la Paz del cielo: ni las persecuciones de os tiranos, ni las asechanzas del demonio, ni todas las vicisitudes de la tierra, pueden turbar a un corazón donde Dios ha establecido la Paz.

En la víspera de su Pasión, Nuestro Señor decía a sus Apóstoles que les daba su gozo y añadía: Y nadie podrá arrebatar vuestro gozo (Jn 16,22). Exactamente lo mismo puede decirse de la Paz: nadie os la podrá arrebatar. Nos pueden quitar todo: nuestras casas, nuestros bienes, nuestras libertades y hasta nuestra alegría. Cierto que la perfecta alegría se tiene precisamente cuando los ojos lloran y el corazón sangra; pero tales alturas son propias sólo de almas muy elevadas y perfectas; por eso a nosotros sí nos pueden en cierta manera arrebatar la alegría. Pero no nos pueden arrebatar la Paz cuando Jesús nos la ha dado, y puede continuar reinando en nuestros corazones a pesar de las miserias, tristezas y amarguras de la vida.

***

La Paz de Cristo, en fin, es una Paz rica, llena de dulzura y suavidad. San Pablo, hablando de ella dice, La Paz de Dios que supera a todos los goces de los sentidos (Flp 4,7).

Esta Paz es la única forma de felicidad sobre la tierra. Es la sustancia del cielo. Sin los esplendores de la visión beatífica, sin la inamisibilidad de aquel estado perenne, sin la felicidad desbordante del cielo, la Paz es la sustancia de las cosas que esperamos es la sustancia de la felicidad que hemos de disfrutar en el cielo.

***

¡Ah! Hace veinte siglos que Jesús hizo a la humanidad este don riquísimo; y en cada Navidad renueva este don del cielo en las almas, y los ángeles vuelven a cantar: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, y en cada Pascua, Jesús resucitado vuelve a saludar a sus fieles con su palabra favorita, “¡Paz a vosotros! derramando en los corazones cristianos un torrente abundante e impetuoso de Paz

Y sin embargo ¿por qué falta tanto a las almas la Paz? Y no me refiero precisamente a la paz exterior, colectiva, internacional. No, me refiero a la Paz íntima, que las guerras, y persecuciones no alcanzan a turbar. ¿Por qué, repito, falta tanto a las almas la Paz?

Comprendo que las almas haya luchas, comprendo que haya dolor, pero lo que parece difícil comprender, si se consideran las cosas a fondo, es que en el alma de un cristiano falte la Paz.

Tenemos los cristianos derecho a sufrir, a luchar, a ser perseguidos; pero no tenemos derecho a perder la Paz. Porque la actitud propia del cristiano, su ambiente natural debía ser la Paz, en medio de todas las vicisitudes, combates y miserias de la vida, debiera conservar la Paz, el sello de Jesús y el rasgo característico del cristiano.

Donde está Dios ahí está la Paz, y nosotros llevamos a Dios en nuestros corazones. Ni la vida ni la muerte, ni las potestades del cielo, ni los poderes del infierno, ni la altura, ni la profundidad, ni criatura alguna puede arrancarnos de nuestro corazón a ese Dios que poseemos; entonces, ¿por qué no está embalsamada de Paz toda nuestra vida?

***

Insisto en este punto, porque tengo para mí que las almas deben conservar a toda costa su Paz; para lo cual nada tan necesario como descubrir el secreto de la Paz.

La Sagrada Escritura dice: «Busca la paz y persíguela» (Sal 33,15), indicándonos con estas palabras que la Paz no es cosa que debemos buscar con tibieza y negligencia, sino con ardor, con solicitud,  como en la guerra se persigue al enemigo, como en la Paz se anhela y busca la felicidad; así debemos buscar y perseguir constantemente la Paz.

Pero, ¿es posible conservar siempre la Paz en el alma? ¿Es debido que nuestros corazones no se turben por nada? ¿Hay medios eficaces para realizar este ideal y senderos seguros y rectos para llegar a esta meta dichosísima.

Sin duda alguna. Antes lo extraño es que las almas pierdan con tanta facilidad la Paz y que vivan en la inquietud. ¡Este sí que es un mal! ¿El dolor? Que venga en buena hora. ¿La lucha? También. ¿La desolación? Perfectamente. ¡Pero la inquietud, la turbación, no y mil veces no! Todas aquellas cosas aunque sean contrarias y desagradables a nuestra naturaleza, esconden tesoros divinos y frutos celestiales por más que no siempre sepamos descubrirlos y apreciarlos. Pero la turbación no encierra bien alguno, y aún a las almas a quienes Nuestro Señor se las ha confiado una misión toda de dolor y de expiación, no les pide ni les puede pedir el sacrificio de su Paz. Les pedirá que sacrifiquen todos los bienes de este mundo; les pedirá el sacrificio de sí mismas, tan doloroso, tan lento, porque no es de un día ni de un año, sino de toda la vida; les pedirá inmolaciones íntimas y torturantes, pero todas en un ambiente de Paz, que es el sello de Dios.

Sería interesante hacer el análisis de nuestras inquietudes, y al descubrir su causa nos llenaríamos de rubor, encontrando que el origen de nuestras turbaciones es la ignorancia, o el egoísmo, o la falta de confianza en las promesas divinas. Pero más que analizar el mal, prefiero proponer los medios para que el alma se conserve en la Paz a pesar de todo.
DESAFÍO DE HOY.

Orar por la paz, la serenidad y la dulzura en tu corazón y el corazón de tu cónyuge. Haz un plan para construir puentes de amor, respeto y admiración. Este plan debe tener actividades específicas que estén sólo bajo tu poder y responsabilidad. Sobre todo tiene que considerar el diálogo, los tiempos, los detalles, las fechas importantes, etc.

Estudiar el video de Fr. Nelson Medina O.P.  Doctrina Espiritual de Santa Catalina, 05 de 10: Conocimiento de sí, parte 1 de 4

https://www.youtube.com/watch?v=7SIyDZ6d_Mg

lunes, 20 de marzo de 2017

Día 18 de 40: Al encuentro con Jesús - Tres noches.




Hay tres noches cuya memoria es inmortal:

La noche de la navidad,

La noche de la agonía

Y la noche de la Resurrección.

La primera es noche de júbilo y de esperanza; la segunda, de amor y de dolor, la tercera de alegría.

***

¡Noche regocijada la de Belén!

¡Los cielos se abren; la tierra se estremece; los ecos del Universo repiten los cánticos de gloria y de paz!

En medio de la noche, cuando todo calla, el Verbo Omnipotente de Dios desciende de las regias moradas. Cuando todas las cosas dormían en el silencio y la noche iba a la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente descendió de las regias moradas.

¡Oh admirable comercio! ¡Dios se hace hombre para hacernos dioses, se hace hombre para hacernos dioses, se hace pobre para hacernos ricos, comparte nuestras penas para darnos su felicidad! Este comercio admirable constituye el fondo del Cristianismo, es la tesis sublime de la Escritura, es el drama divino de la Historia, porque es el Misterio de Cristo.

Belén es el principio; allí aparecen Dios y el hombre unidos indisolublemente; Belén es el principio del dolor de Dios que habrá de consumar en la agonía, el principio de la gloria del hombre que hallará su remate en la noche de la Resurrección.

Un niño se nos ha dado; un hijo nos ha nacido que lleva en sus hombros un imperio, un imperio formado con todas las glorias del cielo y todos los dolores de la tierra; su nombre es: Admirable, Dios, Fuerte, Padre del siglo futuro, Príncipe de la Paz.

En torno suyo se agruparán los hombres y los siglos; de todos los confines del mundo vendrán a Él, trayéndole los simbólicos presentes: el oro, el incienso y la mirra.

La noche de Belén es noche de alegría, es la aurora que despierta y regocija a la naturaleza con un beso de luz suavísima y una caricia muy llena de frescura; es el amor que hace en las almas su entrada deliciosa sin que adivinen las almas, en su prístino candor, ni los tesoros de amargura ni los abismos de felicidad que lleva ocultos aquel huésped anhelado y misterioso; es el ósculo primero de Dios y el hombre que con su idílica suavidad encubre la trágica ignominia de la Cruz y la epifanía gloriosa de la Resurrección.

¡Alégrese la tierra y regocíjense los cielos, porque ha venido el Deseado de los collados eternos! Ya el hombre podrá ver con sus ojos, escuchar con sus oídos y palpar con sus manos al Verbo de la vida. ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

***

¡Noche de ternura y de dolor! ¡Noche del Cenáculo y de Getsemaní! ¡Noche postrera que pasó con los suyos Jesús! ¿Quién acertará a conocer tus misterios?

Como las aguas al encontrar un dique se acumulan en masas formidables y se agitan y rugen y rompiendo toda barrera se precipitan impetuosas y rápidas en el océano; el amor y el dolor grandiosos, inenarrables, inmensos que se habían acumulado en el Corazón de Cristo desde la noche de Belén, rompen al fin todos los diques, barren todos los obstáculos y se desbordan esta noche en un océano de ternura y de dolor. Jesús había amado a los suyos: los había amado en Belén, en Nazaret, en el desierto, en el Tabor, en todos los lugares que había recorrido evangelizando la paz, evangelizando el bien; los había amado iluminándolos con su doctrina, enriqueciéndolos con sus bienes, curando miserias y enjugando lágrimas; mas reserva para el fin los frutos más exquisitos de su ternura. Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13,1).

Jamás hasta entonces se había postrado ante sus discípulos para lavarles los pies; jamás les había hablado como entonces les habló, tan claramente, tan confidencialmente, tan tiernamente; sin duda que en aquella noche inmortal sus ojos miraban con más ternura, sus labios sonreían más dulcemente y su voz tomaba acentos más celestiales.

Allí está el sermón de la Cena que conserva todavía después de veinte siglos el perfume de melancolía y de amor de una ternísima despedida. En él Cristo abre enteramente su Corazón a sus discípulos; en él se derrama como el ungüento de María la caridad de Cristo en las almas. Hay allí frases de cielo que hacen derretir de ternura las entrañas. ¿Qué nombre les da a los suyos? Amigos hijitos (Jn 15,14-15; 13,33) ¡Y habla Cristo! ¿De qué les habla? De amor: permaneced en mi amor (Jn 15,9). ¡Qué palabra! ¡Al escucharla enmudecen los labios, sólo pueden comentarla el corazón!

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis mutuamente como Yo os he amado (Jn 15,12). El reino del amor comienza, el reino que brota del Corazón de Cristo y se consuma en el seno de Dios que es amor. No os dejaré huérfanos ¡volveré! Porque os he dicho estas cosas, se ha llenado de tristeza vuestro corazón. Pero os digo la verdad: os conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 14,18 Jn 16,6-7). Vendrá el Espíritu, el amor sustancial de Dios, para consumarnos en la unidad, que es el supremo anhelo del amor. Aquella hora es la hora de Cristo, la hora del amor. Sabiendo Jesús que había llegado su hora. (Jn 13,1). Aquella es la hora de Cristo, la hora del dolor. En el Cenáculo se desbordó el amor, en Getsemaní la amargura.

Cuando se unen dos cosas, comunícanse mutuamente sus propiedades. Dios, que es amor, felicidad y gloria, comunicó todo este a la humanidad cuando con ella celebró desposorios eternos en el seno de María. Y el hombre, ¿qué le comunicó a Dios? ¿Qué tenemos por nosotros mismos? Miseria, dolor y pecado. El Verbo al descender del cielo, recogió esa herencia maldita del linaje humano. Tomó sobre sí nuestras miserias, se cargó con la inmensa pesadumbre de nuestros dolores; y Aquel que no había conocido pecado, que es la eterna y completa negación del pecado, porque es el Ser infinito, la Santidad perfectísima, se hizo por nosotros pecado. Verdaderamente llevó sobre sí nuestras miserias y se abrazó de nuestros dolores (Is 52,4). A Aquel que no conoció el pecado, Dios lo trató, a causa de nosotros, como si fuera el pecado mismo (II Co 5,21).

Todos los pecados del mundo, todas las abominaciones de la tierra con su número incalculable, con su malicia infinita, con sus abismos de ingratitud, acumúlanse en el Corazón de Cristo y lo oprimen y se desbordan en torrentes de amargura y de sangre en la noche de Getsemaní. Oíd, oíd: Mi alma está triste con una tristeza de muerte (Mt 27,38). Mirad contemplad: Y se bañó en sudor, como gotas de sangre que corría hasta la tierra (Lc 22,44). Hay en la tierra dolores que no se consuelan, sino que se admiran; el dolor de Dios ni puede consolarse ni se acierta a admirarlo; se adora en silencio.

La noche del Cenáculo y de Getsemaní es noche de dolor y de amor, es la hora de Cristo, y Cristo quiso hacerla inmensa e inmortal. ¡Cuántas veces quisiéramos que una hora durará siempre! El amor de Cristo que es dulce como el cielo y fuerte como la muerte, tomó aquella hora y la extendió a todos los lugares y le perpetuó en todos los siglos.

¡La Eucaristía, misterio de amor y de dolor, es la cristalización de aquella hora, de la hora de Cristo!

Adoremos, pues, prosternados a tan grande Sacramento.

***

¡Alleluia! ¡Cristo ha resucitado! ¡Alleluia! La humanidad perdió en el Calvario su herencia de muerte y ha recogido, por la humanidad resucitada de Cristo, su herencia de gloria: ¡Alleluia!

Una noche contempló este misterio, una noche más luminosa que el día, una noche iluminada por los esplendores del Rey eterno.

Esta es la noche en que, destruimos los vínculos de la muerte, Cristo vencedor surgió del sepulcro.

“¡Oh noche verdaderamente feliz, única que conoció el tiempo y la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos! Noche de la que fue escrito: Y la noche será luminosa como el día. Y brillará la noche para realizar el gozo de mi alma (Sal 138,11-12). Noche dichosa que despoja a los Egipcios y enriquece a los Hebreos, noche en la que a lo terreno se enlazó lo celestial y se unieron para siempre lo divino y lo humano.

“¡Oh noche amable más que la alborada,

¡Oh noche que guiaste

¡Oh noche que juntaste,

Amado con amada,

Amada en el Amado transformada. (San Juan de la Cruz)

¡Oh noche celestial! ¡Noche divina! ¡Noche de gloria! ¡Noche que miraste brillar el Lucero de la mañana! ¡Noche que hiciste divino al hombre, como la noche de la agonía había hacho a Dios profundamente humano! ¡Oh noche celestial! ¡Noche divina! ¡Noche de Gloria! Alábenle los santos, gócente los bienaventurados en el día luminoso de la eternidad, de que fuiste principio y aurora. Nosotros ni podemos comprenderte ni alcanzamos a gustarte; cargados de miseria y de esperanza, peregrinando en la noche de esta vida, suspiramos por Ti, por el día clarísimo de la patria, y robando a los ángeles el cántico de allá arriba, repetimos sin comprenderlo el himno glorioso, el que expresa tu alabanza:

¡Alleluia! ¡Alleluia! ¡Alleluia!



DESAFÍO DE HOY

Contemplar la noche del alma, con las perspectivas de las tres noches de Cristo.

Estudiar, la serie de charlas de Fray Nelson Medina O.P. Invitación a la Filosofía