Oración inicial invocando al Espíritu Santo.
Lectura previa:
Audiencia General del Papa Francisco del miércoles 23 de noviembre de 2022. 9 de 14 sobre el discernimiento
Fuente: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20220928-udienza-generale.html
Síntesis de lectura
La consolación es una experiencia de alegría interior que permite reconocer la presencia de Dios en todas las cosas. Fortalece la fe y la esperanza, y refuerza la capacidad de obrar el bien. Quien vive en la consolación no se deja vencer por las dificultades, pues experimenta una paz más profunda que la prueba. Es un movimiento íntimo que toca lo más profundo del corazón, suave y delicado, como “una gota de agua en una esponja”. En este estado, la persona se siente envuelta por la presencia de Dios, siempre de una manera respetuosa con su propia libertad. Nunca desentona, no fuerza la voluntad ni se reduce a una euforia pasajera.
Pensemos en tantos santos que, conquistados por la dulzura pacificante del amor de Dios, han realizado grandes obras. Sentir que todo está en armonía, que la paz lo envuelve todo, es parte de la experiencia de la consolación. Esta se vincula especialmente con la esperanza, pues abre el horizonte hacia el futuro, impulsa la acción, anima a retomar iniciativas postergadas o incluso a emprender caminos jamás imaginados.
La consolación es una paz profunda que mueve al ser humano a ponerse en camino. Nos impulsa a servir a los demás, a la sociedad y a quienes nos rodean. La consolación espiritual no es controlable ni programable a voluntad; es un don del Espíritu Santo. A través de ella, surge una familiaridad con Dios que parece anular las distancias. Es espontánea y nos lleva a actuar con la sencillez y la confianza de un niño, con dulzura y serenidad. En tiempos de consolación, el Espíritu nos empuja a avanzar, a emprender acciones que, en momentos de desolación, nos parecerían imposibles. Nos da el valor de dar el primer paso.
Sin embargo, es fundamental distinguir entre la consolación que proviene de Dios y las falsas consolaciones. Existen las auténticas y las imitaciones. Mientras que la verdadera consolación es suave e íntima, las imitaciones suelen ser ruidosas y llamativas, llenas de un entusiasmo superficial y vanidoso, carentes de solidez. Estas últimas conducen al ensimismamiento y no a la atención por los demás, dejando al final un vacío profundo. Por ello, es necesario el discernimiento cuando experimentamos consolación, pues puede convertirse en un peligro si la buscamos como un fin en sí misma, de manera obsesiva, olvidando al Señor. Como bien advierte San Bernardo: “¡Ay de quien busca las consolaciones de Dios y no al Dios de las consolaciones!”. Si caemos en esta trampa, corremos el riesgo de vivir la relación con Dios de forma inmadura, persiguiendo intereses personales y reduciendo al Señor a un objeto de consumo, perdiendo así el don más precioso: Dios mismo.
Sigamos adelante en nuestro caminar, entre consolaciones y desolaciones, pero siempre con el discernimiento necesario para reconocer cuándo vienen de Dios y cuándo no.
- Oración personal. Observando las luces e invitaciones más significativas de Dios ante lo leído.
- Escucha atenta: Compartir, de modo sencillo y profundo, escuchando atentamente al otro sin interrumpir con preguntas u opiniones, dejando que lo vivido por el otro ilumine lo advertido en nuestro interior. Al finalizar la intervención dejar un breve espacio de silencio para sentir y gustar lo expresado.
- Ecos. Compartir aquello que fue iluminado por el compartir del otro. Sin evaluar, ni hacer grandes reflexiones, solo expresar cómo aquello que compartió el otro colaboró con tener una mayor luz en las mociones personales o suscitó algún movimiento que me conduce a una mayor claridad.
- Comunión. Preguntarse por lo común de las llamadas particulares. ¿Hacia dónde nos conduce el Señor? ¿Qué invitaciones se repiten y pueden traducirse en acciones concretas? No se trata de llegar a consensos o acuerdos, la invitación es a responder adecuadamente y con generosidad a lo que el Espíritu Santo suscita.
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